La Crítica de la Semana Octubre de 2008

 

CEGUERA: CINE Y LITERATURA

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El prestigiado cineasta brasileño Fernando Meirelles, autor de la impactante Ciudad de Dios, testimonio sobre la infancia en las favelas de Río, y de una efectiva adaptación del best seller de John le Carré, El Jardinero Fiel (The Constant Gardener), se lanzó al enorme reto de trasladar a la pantalla el complicado universo literario del premio nobel, el portugués Jose Saramago, al adaptar en la coproducción canadiense brasileño japonesa Ceguera, su novela Ensayo sobre la Ceguera, de 1995.

El resultado, lamentablemente, deja mucho que desear. Incapaz de mantener el sentido de la metáfora de Saramago y su reflexión sobre el grado de violencia y crueldad al que puede llegar el ser humano en condiciones adversas, carece de verosimilitud en el aspecto medular.

La novela sostenía su trama en una dimensión fantástica, al partir del hecho de una inexplicable epidemia que contagia a toda la población y los deja ciegos, pero es en este aspecto donde el filme tropieza. Si bien Saramago no apela directamente a las emociones, sino a un discurso más reflexivo, la película, al apostar por la literalidad, fracasa en ambos aspectos y deja indiferente al espectador, algo imperdonable en el cine.

Es cierto que la destreza de Meirelles le permite un arranque prometedor y que en la parte final recrea escenas de gran vigor, sobre todo cuando los ciegos, desesperados, se arrebatan las mercancías saqueadas de un supermercado. Pero no puede evitar que su discurso luzca falso, con personajes atrapados en su esfera maniqueista.

Hay novelas excesivamente complicadas para llevarlas al cine, por su sentido de parábola. Pero si flaco favor le hizo al universo mágico de otro premio nobel, García Márquez, el ingles Mike Newell al entrarle al desafío de filmar El Amor en los Tiempos del Cólera, al menos la película resultaba amena por la fuerza inherente a esta extraordinaria historia de amor. Pero Meirelles tampoco puede presumir de este logro.

Cine y literatura poseen dos lenguajes distintos y no es posible intentar imitar los elementos ni la estética inherente a uno de ellos. Ceguera queda como otro ejemplo de una malograda adaptación de una fuente literaria de calidad. Cuando en lo personal nos gusta mucho una novela, casi siempre su traslado a la pantalla no cumple nuestras expectativas individuales, porque hemos recreado en la imaginación los escenarios y las características físicas de los personajes.

Hay novelas monumentales cuyas adaptaciones, por su extensión, por más talentosas que sean, no podrán ser igualadas porque habrán perdido gran parte de lo que el autor pretendió decir, como La Guerra y la Paz, de Tolstoi, o Los Miserables, de Victor Hugo. Adaptar el Ulises de Joyce o la saga de Proust (dos escritores inmortales, entre muchos otros, olvidados por el comité que otorga el Nobel) es imposible. Una opción válida en tales casos es una adaptación  libre que sólo se inspire en la esencia del argumento, como Antonioni hizo con un cuento de Cortázar en Blow Up. Baste ver lo que Murnau logró en su gema silente Nosferatu a partir del Drácula de Stoker.

Es un despropósito tratar de comparar ambos medios y una insensatez pretender que la adaptación sea igual que la novela que la inspira. El hecho es que no son pocos los ejemplos de una gran película derivada de una gran novela: Las Viñas de la Ira, El Desprecio, Muerte en Venecia, Lolita, El Nombre de la Rosa, El Tambor de Hojalata, La Insoportable Levedad del Ser, La Historia sin Fin o El Amigo Americano y El Talentoso Mr. Ripley, ambas basadas en el personaje de Tom Ripley de Patricia Highsmith.

Pero incluso, más allá de ese lugar común y evidentemente falaz de que siempre el libro será mejor que la película, hay que mencionar que un sinfín de joyas fílmicas están basadas en novelas menores. Cabe señalar, como prueba contundente, de que buena parte de los filmes de Buñuel o Hithcock partieron de novelas, y podemos citar también El Tesoro de la Sierra Madre o El Bebé de Rosemary, muy superiores a sus fuentes literarias. ¿Y qué decir de esa obra maestra que es El Padrino?
 
     
  Eduardo Marín Conde  

 




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 Última actualización 21 de Octubre de 2008.